Ana Pelegrín

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Juegos cotidianos para los más pequeños

En el frágil archivo de la memoria yacen escondidas, a veces vívida presencia de gestos, lejanas voces jugadas. El niño, pequeño explorador del extenso universo, descubre su cuerpo, pies, boca, ojos, manos, sonidos, movimiento, protegido por el cuerpo materno.

De las manos

La sabiduría popular guarda retahílas y cantarcillos para compartir ese cotidiano descubrimiento. Uno a uno los dedos de la mano -extender y replegar, el giro de la muñeca, cerrar, abrir, adquieren su capacidad de distraer el aire. Y cuentan una historia admirable:

Éste se compró un huevito

éste lo puso a asar

éste le echó la sal

éste lo removió

¡y este pícaro se lo comió!

Construcción familiar, por la enumeración de sus personajes diferenciados y hermanados en una empresa, al parecer común, mientras no hace su aparición en escena el dedo pulgar -el tragón oficial-, dispuesto a arrasar con el alimento aderezado minuciosamente, admirando a los otros por esta cotidiana y eficaz hazaña.

Sorprende pensar que a través de esta historia sin ningún sentido, el niño recibe variadas informaciones-emociones; el frágil meñique impulsa la acción inicial, secundado por la diligente ayuda de los otros, alegre victoria de satisfacción del pulgar, ligado a la imagen de la succión, del tragar vorazmente. Parte y todo, el niño es alternativamente meñique y pulgar, es él, en su pequeña historia, juega a ser cada uno de los miembros-acciones enumeradas. Su apetito despierto, su oralidad recibe un mensaje de búsqueda y satisfacción, hechos sucediéndose en el tiempo, indicadores del crecimiento, y aquella alegría sin culpa por ese ser tan pícaro, receptor de la ración triunfal.

Descubrimiento maravilloso: el movimiento de las manos de un pequeño, extensión hacia el mundo, prolongación al espacio, contacto. Particular magnetismo de las manos, que aprisionando la mirada del ejecutor, observador, percibe esos instantes donde emerge una luz dirigida, deslumbramiento por la forma, fluencia, gozo.

¡Manos tendidas! Y la boca aguda

quiere satisfacer sus avideces.

¡Todo contacto en goce se trasmuda!

Jorge Guillén[1]

Desde la memoria, realidad, reconstruyo el mundo sensible por las manos de un niño, los sonidos unidos a su exploración del movimiento, el semigiro rítmico de la mano de la madre conduciendo la mano del hijo, trazando al aire la historia aquélla:

Cin-co lo-bi-tos tiene la loba

cinco lobitos detrás de la escoba

cinco tuvo cinco crió

y a todos ellos tetita les dio.

Por fin este cantarcillo nos asegura asomos de justicia detrás de la escoba, equilibrio reparador, porque el alimento alcanzará a todos y cada uno. Tema, el de nutrición, alimento, tan importante para el niño pequeño, aparece reiterado en otros cantarcillos para las manos, identificadas como receptoras del sustento anhelado, deliciosos manjares, sean tortitas de manteca, turrones, leche nutricia.

Tortitas tortitas

higos y castañitas

nueces y turrón

para mi niño son.

Para alimentar lo oral, palabras volcadas en demorar el tiempo, en apresurarlo, según cual sea el impulso dado, convocando imágenes en el universo hambriento del niño. Dando palmas / palmitas para llamar la atención hacia la espera apetente, expectante, confirmando tras el juego / símbolo la profunda relación establecida, asegurar el sustento indispensable. Otras sensaciones se exploran en la mano, palmas abiertas, siguiendo las inexplicables / explicables huellas y trazos, líneas enigmáticas -que algún día quisiéramos desvelar- ahora convertidas en misterio dibujado de la felicidad mínima, tamborileo rítmico, mano de la madre sobre la diminuta del hijo, lento recorrido, precipitándose en el picoteante final.

La buena ventura – que Dios te la da.

Si pica una mosca -¡arráscatela-arráscatela!

Así de fácil deberá ser la ventura y la desventura sentida como urticaria o picor.

De cosquillas

Y puestos al regocijo, palpar, sensibilizar el cuerpo del pequeño, iniciar el ritual de las cosquillitas-cosquillón, recorriendo las piernas, el brazo, la nuca, entregadas a la solicitud amorosa del tacto:

Si vas a la carnicería / que te den una libra de carne

pero que no te den de aquí / de aquí, ni de aquí…

Hormigueo desatado, contracción animada por la risa, respuesta, sensorialidad, flor de piel, tiempo del hallazgo recóndito, restallante la alegría del cuerpo despierto al contacto y la caricia, ser táctil bullicio animal:

Animalito lito lito

que no tiene pata ni pico.

Un niño ríe acariciado, su risa nos acaricia, breve esplendor. Jorge Guillén siente la luz, la gracia, la fuerza de la vida en esa

Luz de carne, sonrisa corporal

suavísimos chispazos de una gracia

con fuerza de misterio sin final:

Vivir que sólo en más vivir se sacia.

Jorge Guillén: El infante

Acunar. Balancear

Pocos momentos tienen más honda fusión que acunar el cuerpo del niño; nada más cerca del incomparable don de la protección.

Balanceo, movimiento esencial de calma y seguridad, entrañable sabiduría del amor manteniendo en vilo, en vuelo, abierto, acurrucado, rescate del vacío y el temor[2].

Cuerpo contra cuerpo, alejando en el vaivén lejanías y sombras.

Cuna primera, carpinteros del aire, cuerpos fusionados, movimiento primordial de las nanas[3]:

Este niño chiquito / no tiene cuna

su padre carpintero / le hará una

ea, ea, ea.

Ir y venir, alejarse, acogerse, implica riesgos. El cantarcillo del Aserrín aserrán oscila desde la vivencia del cuerpo todo cercanía, pronto abrazo, a la sensación contraria, pérdida del otro cuerpo, abandono en el espacio, en el vacío, es decir, caída, caída…

Las campanas de Montalbán – unas vienen y otras van

las que no tienen badajo – van abajo, abajo, abajo…

Al igual que en otros juegos con los pequeños, es fundamental la repetición, una y otra vez, de idénticas palabras-acción, porque en ese eterno retorno se asienta la seguridad del niño.

A la caída singularmente peligrosa, sucederá el volver, acogerse entre los brazos. La aventura del alejamiento en el espacio resulta una probabilidad más de explorar la red de sentimientos, sensaciones, porque al final la protección prevalecerá.

Experiencia mínima -pero no menos importante-, temor a que el espacio nos trague, alejamiento del cuerpo materno, para experimentar la alegría del reencuentro, del volver cerca del otro, contacto con la piel cálida, que la vida, en su vaivén, retoma en situaciones diversas.

 

[1] Jorge Guillen. Niños. Antología recopilada por el autor, Begar Ediciones, Málaga, 1984.

[2] Para el tema del cuerpo fusional ver Lapierre-Aucouturier: «El cuerpo y el inconsciente» en Educación y terapia, Edit. Científico-Médica, Barcelona, 1980.

[3] El tema de las nanas, no incluidas en la antología de tradición oral, serán estudiadas en una próxima publicación de la autora sobre lírica infantil.

 

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